La lombriz se había enamorado de aquellas gafas de sol. Eran elegantes, divertidas y le sentaban bien a la cara. Sólo había un problema: ella vivía bajo tierra y nunca le daba el sol.
-¡Pero si no te sirven de nada! -le decían las otras en tono burlón mientras se reían a carcajadas.
Pero ella no hacía caso; se daba media vuelta y se marchaba muy digna con sus gafas puestas... Y es que no todo se puede reducir a un mero servir o no servir, pues a veces son las cosas más inútiles las que más nos enamoran.
Y ajustándose las gafas, la lombriz proseguía su camino bajo tierra.