La coma se quejó al punto de que siempre era muy tajante y poco conciliador. El punto, ofendido, contraatacó y dijo a la coma que ella, en realidad, era una indecisa y una medias tintas. Por su parte, el signo de admiración, miraba la escena nervioso y, sin poder contenerse, gritó a los otros que aquella situación era inaguantable. No sé por qué siempre tenemos que acabar discutiendo, se preguntaba una y otra vez el signo de interrogación, de verdad que no lo entiendo. Lo que tenemos que hacer, explicó la tilde, es dejar de pelearnos por tonterías y poner el acento en las cosas verdaderamente importantes. ¡Silencio! ¡Viene alguien!, susurraron al unísono los puntos suspensivos... En efecto, la que llegaba apaciguadora era su madre, la sra. Ortografía, que enseguida puso orden y les explicó a todos lo importante que es respetar las diferencias y particularidades de los demás. Todos tenemos razón de ser y las diferencias en realidad son una riqueza. Es importante que aprendamos a respetarnos. Todos asintieron y la sra. Ortografía, satisfecha por la actitud de sus hijos, dio media vuelta y volvió a salir de la habitación. Tras un breve silencio, el punto, no sin un cierto toque de arrogancia, le espetó a los demás que se callasen de una vez por todas, que lo que había que hacer ahora él lo sabía hacer mucho mejor que nadie. Es obvio que esto del respeto a los demás no siempre se aprende a la primera (ejemplos tenemos a miles), pero mal que pese, era cierto que había llegado su gran momento y, con gran solemnidad, el punto dijo, colorín colorado, este cuento se ha acabado, y se plantó inamovible al final de la frase.