Mi vecino del 5º, el Sr. Eufemismo, ha decidido marcharse del país. No es que aquí le vayan mal las cosas, no, más bien al contrario, me ha dicho. No es que se haya visto obligado a optar por la movilidad exterior, ni que haya sido víctima de la flexibilización del mercado laboral, ni tan siquiera que se haya visto afectado en modo alguno por el crecimiento negativo que parece haberse adueñado del país… no es nada de eso, me ha explicado hoy mientras subíamos juntos en el ascensor, es algo mucho más profundo, ha susurrando mientras miraba a un lado y a otro como con miedo de que algún otro vecino pudiera oírle.
-Ya no le veo sentido a mi trabajo –continuó-, y aunque no lo parezca, uno tiene una dignidad. Había tiempos en que uno se sentía honrado de poder endulzar un mal trago a alguien, pero lo de ahora… lo de ahora es una tomadura de pelo.
Sí, una tomadura de pelo, dijo el Sr. Eufemismo, y casi me sobresalté al oír esa expresión en su boca. Cuando llegué a mi piso y me bajé del ascensor, sentí en serio tener que despedirme de él, pues hay que reconocer que había sido siempre un vecino ejemplar. Y cuando ya estaba abriendo la puerta de mi casa, no pude evitar pensar que, en cierto modo, él también estaba siendo… vamos a decirlo claro en su honor… otra víctima de la crisis.