Aquel día encontró un reloj, un reloj aparentemente normal, pero que finalmente resultó no serlo tanto. Poco después de ponérselo se dio cuenta... aquel reloj contaba el tiempo al revés. Pero no solo eso, sino que tan pronto como se lo ajustaba a la muñeca, el momento que estaba marcando desaparecía de su memoria, y dejaba paso a un tiempo para él ya pasado pero que, curiosamente, todavía estaba por venir. Un extraño ingenio que le permitía, por así decirlo, revivir su pasado como si fuera en realidad su futuro. Aquello parecía obra de brujería, pues el sorprendente artilugio también permitía -de existir buena voluntad, eso sí- reparar todos los errores cometidos en otro tiempo, pero desde la sabiduría y la experiencia de lo ya vivido... poca cosa.
Las aplicaciones prácticas del artefacto eran incuestionables, así que no dudó en compartirlo con los demás, y el revuelo que se formó fue tan grande que, transcurridos unos días, todo el mundo quería tener un reloj como aquel y se pensaba ya en la posibilidad de implantar su producción en serie. Y así estaban las cosas cuando, sin más ni más, desde las altas esferas, se prohibió terminantemente la reproducción del artilugio. Y para qué negarlo, no faltaron malas lenguas que dijeran que lo que querían evitar esas altas esferas era, precisamente, que se notara su falta de voluntad de arreglar las cosas.