Todos los grandes periódicos se hicieron eco de la noticia: se había descubierto un nuevo planeta con agua en el que, según todos los indicios, la vida humana debía de ser posible.
La noticia no dejó a nadie indiferente, pues muchos pensaban que la Tierra había llegado ya al límite de sus posibilidades. No había recursos para seguir fabricando tal cantidad de objetos con el mismo furor, decían unos, se llegaría sin duda a un desaceleramiento de la economía, vaticinaban otros... hubo incluso quien se atrevió a decir que la única solución era dejar de fabricar tantas cosas, pero al oír esta propuesta todos miraron horrorizados hacia otro lado esperando que este gesto fuera suficiente para conjurar tal desvarío. Y todo siguió igual a la espera de encontrar una solución más complaciente.
Así las cosas, la aparición del nuevo astro desató una especie de locura planetaria sin precedentes y todos se pusieron a fabricar -por suerte fabricar era lo suyo- las naves que los habían de llevar al prometedor planeta. Se doblaron turnos, se hicieron horas extra y nadie, absolutamente nadie, tuvo ni un solo día de descanso hasta que todo estuvo listo para la marcha.
El día de la gran desbandada, la Tierra los vio alejarse en sus naves por el espacio y suspiró aliviada... por fin podría respirar de nuevo tranquila.