El ministro del interior de aquel país imaginario decidió un buen día dejar de ser tan ministro y hacerse un poco más persona. Y cuanto más persona se volvía, menos ministro se sentía.
El día que, de tan persona, ordenó retirar todas las alambradas y recibir a los que llamasen a su puerta con un abrazo, muchos pensaron que se había vuelto loco. Pero ese día, se reclinó en su butaca de ministro y se sintió más persona que nunca.
Suerte de aquel país imaginario.
Suerte de aquel país imaginario.