Los hombrecitos del semáforo estaban aburridos del rojo y el verde, por eso un día, de repente, empezaron a iluminarse en colores diferentes, a cada cual más llamativo y divertido. El desconcierto de los viandantes fue manifiesto y no eran pocos los se quedaban allí parados, sin saber si debían cruzar o permanecer parados. Y por extraño que pueda parecer, cada día eran más los que se agolpaban frente a aquel semáforo disidente, que no servía para cruzar pero que sin duda les alegraba el día.