La promesa, cansada de su condición de tener que esperar eternamente
para poder hacerse realidad, decidió un día sublevarse y convertirse en
hecho. Indudablemente se hizo más firme, más concreta, pero para qué
negarlo, también perdió parte de su encanto... Y es que sin saberlo,
cerró la puerta a todas aquellas cosas que todavía podía llegar a ser
para quedarse solamente con lo que, de hecho, ya era.