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sábado, 7 de febrero de 2015

Parece mentira

Aquel vendaval causó un gran revuelo, nunca mejor dicho. No es que no hubiera habido antes otros vendavales, pero en aquella ocasión la fuerza del viento hizo de las suyas y de pronto, sin más ni más, todas las mentiras fueron arrancadas de cuajo y salieron despedidas por los aires. Algunas se arremolinaron en las esquinas y comenzaron a girar en círculos como si jugaran al pilla pilla. Otras, de más peso, formaban bolas enormes que rodaban por las calles engullendo nuevas mentiras a su paso, al más puro estilo de las bolas del oeste. Pero, sin duda, lo mejor de todo eran las caras de la gente: los había que, al ver volar sus mentiras, sólo acertaban a poner cara de disimulo, de "esta mentira no es mía" y miraban hacia otro lado tratando de ignorar lo comprometido de la situación. Otros, perdida ya toda compostura, se afanaban en sujetar sus mentiras e intentaban inútilmente mantenerlas en su sitio. También había quien se limitaba a mirar divertido la situación, seguramente porque descubría en el viento un inesperado aliado que por fin ayudaba a confirmar tantas sospechas. El saberse con razón siempre es motivo de júbilo, aunque a efectos prácticos lo mejor pueda ser no tenerla. Y así, ráfaga va ráfaga viene, el viento sopló sin pausa durante tres días y tres noches, hasta que por fin el cuarto día amainó. Con la calma todos fueron volviendo poco a poco a sus quehaceres habituales, tratando de acostumbrarse a aquella situación tan repleta de verdades. Hubo quien se atrevió a asegurar que no tardaría en haber nuevas mentiras en el sitio de las antiguas. Y también hubo quien lo tachó de mentiroso. Y una vez más, aunque sólo fuera por motivos prácticos, hubiera sido mejor que este último tuviera razón.