Aquel vendaval causó un gran revuelo, nunca mejor dicho. No es que no hubiera habido antes otros vendavales, pero en aquella ocasión la fuerza del viento hizo de las suyas y de pronto, sin más ni más, todas las mentiras fueron arrancadas de cuajo y salieron despedidas por los aires. Algunas se arremolinaron en las esquinas y comenzaron a girar en círculos como si jugaran al pilla pilla. Otras, de más peso, formaban bolas enormes que rodaban por las calles engullendo nuevas mentiras a su paso, al más puro estilo de las bolas del oeste. Pero, sin duda, lo mejor de todo eran las caras de la gente: los había que, al ver volar sus mentiras, sólo acertaban a poner cara de disimulo, de "esta mentira no es mía" y miraban hacia otro lado tratando de ignorar lo comprometido de la situación. Otros, perdida ya toda compostura, se afanaban en sujetar sus mentiras e intentaban inútilmente mantenerlas en su sitio. También había quien se limitaba a mirar divertido la situación, seguramente porque descubría en el viento un inesperado aliado que por fin ayudaba a confirmar tantas sospechas. El saberse con razón siempre es motivo de júbilo, aunque a efectos prácticos lo mejor pueda ser no tenerla. Y así, ráfaga va ráfaga viene, el viento sopló sin pausa durante tres días y tres noches, hasta que por fin el cuarto día amainó. Con la calma todos fueron volviendo poco a poco a sus quehaceres habituales, tratando de acostumbrarse a aquella situación tan repleta de verdades. Hubo quien se atrevió a asegurar que no tardaría en haber nuevas mentiras en el sitio de las antiguas. Y también hubo quien lo tachó de mentiroso. Y una vez más, aunque sólo fuera por motivos prácticos, hubiera sido mejor que este último tuviera razón.