La escala de grises miró con cierta envidia a la escala de valores, siempre tan digna y respetada por todos mientras ella languidecía presa de sutilezas cromáticas que nadie sabía apreciar.
La envidia no es una buena consejera -le espetó de pronto su compañera.
Sintiéndose delatada por aquel despreciable sentimiento, la escala de grises enrojeció y, por un momento, deseó no haber abandonado nunca su agrisada existencia.